Por César Martínez, CEO de MAAD Chile
El miedo a quedarse fuera —FOMO, por sus siglas en inglés— no nació con las redes sociales, aunque ellas lo llevaron a otro nivel. Es un mecanismo antiguo: en un grupo humano pequeño, quedar excluido de una decisión colectiva podía significar quedar fuera de un recurso escaso. Ese instinto sigue intacto, solo que hoy se activa con una notificación en el celular en vez de una fogata.
Como estrategas digitales, no estamos inventando esta emoción, estamos dándole un canal. Y ahí está la responsabilidad: un gatillo psicológico tan antiguo como la escasez de recursos puede usarse para informar mejor las decisiones de compra, o para presionar a alguien a comprar algo que no necesita.
He visto campañas donde el FOMO se convierte en el mensaje completo, sin ningún otro argumento de valor detrás. Eso funciona una vez. La segunda vez, el cliente ya aprendió a desconfiar. El FOMO que perdura en el tiempo es el que acompaña una propuesta de valor real: el producto sigue siendo bueno cuando termina la oferta.
Un buen uso del FOMO no reemplaza el valor del producto, lo acelera.
Para las marcas que asesoramos, el objetivo nunca es solo vender rápido. Es construir una relación donde el cliente vuelva a confiar en la próxima señal de urgencia, porque las anteriores fueron ciertas.



