En cualquier proceso electoral, el secreto del voto es un principio fundamental reconocido incluso por organismos internacionales, como lo establece el artículo 21.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. En las votaciones electrónicas, este derecho se resguarda mediante sistemas de criptografía que impiden asociar una preferencia con la identidad de quien la emitió. En nuestro caso, este blindaje se apoya en el algoritmo de Paillier, uno de los más utilizados a nivel global para el cifrado homomórfico, que permite realizar el conteo sin necesidad de descifrar los votos. Existen otros sistemas que también se emplean en el mundo, pero hemos optado por Paillier porque garantiza que la confidencialidad se mantenga en todo momento.
“El secreto del voto es la base de cualquier proceso democrático. En un entorno digital hemos desarrollado mecanismos que aseguran que esta protección sea tan sólida como en una elección tradicional, e incluso más”, explica Felipe Lorca, experto en procesos democráticos de EVoting.
El mecanismo se basa en un par de llaves: una pública y otra privada. La primera permite encriptar las preferencias. La segunda —que por seguridad puede dividirse en más de una— se distribuye entre los miembros del tribunal electoral designado. Para conocer los resultados, es necesaria la mayoría simple de las llaves privadas, lo que eleva la seguridad y da margen en caso de que algún miembro de la comisión pierda la llave.
“Para abrir la ‘urna digital’ no basta con una sola llave privada. Se requiere la mayoría simple de las llaves generadas. Si dependiéramos de una sola persona y esa llave se perdiera, sería imposible conocer el resultado de la votación”, aclara Lorca.
La fortaleza del algoritmo radica en su capacidad homomórfica: posibilita sumar los votos cifrados y obtener el total sin revelar el contenido individual. La comparación más simple sería imaginar una urna cerrada con un candado: Todos pueden depositar sus papeletas, pero solo quienes poseen las llaves asignadas pueden abrirla para contar los votos, sin saber quién eligió qué.
La solidez matemática detrás de este sistema es enorme. Las llaves se generan a partir de números primos de más de 600 dígitos cada uno, tan extensos que, si se escribieran completos, ocuparían varias páginas. Su longitud mínima es de 2048 bits, un estándar internacional que garantiza que descifrarlos, incluso con la tecnología más avanzada, tomaría cientos de miles de años de cálculo ininterrumpido.En la práctica, descifrar una de estas llaves sería como intentar adivinar la combinación de una bóveda con una cantidad de dígitos prácticamente infinita: el tiempo requerido superaría por mucho la capacidad de cualquier computadora actual.
“Este tipo de esquemas cuentan con validaciones internacionales y han sido probados en distintos contextos electorales, lo que refuerza la confianza en su solidez”, explica Lorca.
Así, el secreto del voto no es una promesa abstracta, sino el resultado de un diseño criptográfico que combina matemáticas complejas, múltiples capas de resguardo y una arquitectura pensada para que la privacidad de cada elector permanezca inviolable.